Historia y Patrimonio
Villa de Mazo es un municipio lleno de historia y tradición, que respira autenticidad en cada rincón. Situado en la vertiente oriental de La Palma, sus tierras, bañadas por el Atlántico y moldeadas por volcanes, guardan la memoria de antiguas culturas, de siglos de esfuerzo agrícola y de episodios que marcaron el devenir de toda la isla.
Tras la conquista castellana, Mazo formó parte del extenso territorio administrado por el Cabildo. Con el paso del tiempo fue consolidando su propia identidad, hasta que en 1878 recibió de Alfonso XII el título de Villa. Su historia política estuvo llena de cambios y vaivenes, desde periodos absolutistas y liberales hasta la llegada de la Primera República, la restauración monárquica y los años de la Guerra Civil y el franquismo, cuyos ecos aún se sienten en la memoria colectiva.
Pero más allá de la política, la vida en Mazo siempre estuvo ligada a la tierra y al mar. Sus gentes supieron adaptarse a los fenómenos naturales que marcaron su paisaje: la erupción del volcán de San Juan en 1949, el devastador aluvión de 1957 o los temporales que golpearon sus costas. Cada dificultad se convirtió en una muestra de resiliencia, forjando el carácter fuerte y hospitalario de los macenses.
Con la llegada de la democracia en 1977, la Villa abrió una nueva etapa, modernizando sus servicios, recuperando símbolos como su escudo heráldico y proyectándose hacia el futuro sin olvidar su pasado. Hoy, Villa de Mazo es conocida por su artesanía, por su fiesta del Corpus Christi con espectaculares alfombras de flores y arena, y por mantener viva una cultura rural y marinera que conecta al visitante con lo más auténtico de La Palma.
Pasear por sus barrios, descubrir sus ermitas, cultivos, casas tradicionales, o contemplar sus paisajes volcánicos y costeros, es sumergirse en una historia que se vive con los cinco sentidos. En Villa de Mazo, la memoria de los benahoaritas, el legado colonial y la fuerza de la naturaleza se entrelazan en una experiencia única que invita a regresar al origen y sentir la isla desde su corazón.
En tiempos de los benahoaritas, el cantón de Tigalate era un lugar fértil y apacible, donde los pastores cuidaban sus rebaños bajo la protección de los menceyes Jariguo y Garehagua, junto a su hermana Arecida, joven admirada por su belleza y nobleza.
Su morada principal era la cueva de Belmaco, centro espiritual y político del cantón. Allí conservaban utensilios, armas y grabados misteriosos cuyo origen atribuían a tiempos anteriores. La vida cotidiana transcurría entre el pastoreo, la elaboración de gofio y miel, y las celebraciones populares.
La tranquilidad se transformó cuando Arecida se enamoró de Tinamarcín, un joven valiente y respetado. Su romance se convirtió en motivo de alegría para la comunidad, que esperaba con entusiasmo la boda. Sin embargo, la felicidad se vio interrumpida por la amenaza exterior: el ataque de Guillén Peraza y sus hombres. En la batalla de Tihuya, los benahoaritas resistieron con heroísmo, y Tinamarcín alcanzó la gloria al derrotar al propio Peraza.
El regreso triunfal trajo paz a la isla, pero poco después Jacomar, un forastero herreño, intentó forzar el amor de Arecida. Rechazado, la hirió mortalmente. La noticia conmocionó a la isla: Tinamarcín lloró su pérdida y exclamó “Vacaguaré” —quiero morir— antes de dejarse sepultar en una cueva para unirse a ella eternamente.
Los hermanos de Arecida vengaron su muerte dando muerte a Jacomar y entregando su cuerpo a los guirres, cumpliendo su juramento. La tragedia marcó para siempre a Belmaco y fortaleció el rechazo a los invasores.
La historia de Tinamarcín y Arecida se convirtió en símbolo de amor, resistencia y dignidad para el pueblo benahoarita. En Tigalate aún resuena su memoria como un relato de pasión y sacrificio que une el espíritu guerrero con la ternura de un amor eterno.
Este hermoso relato combina la crónica histórica del siglo XVI con la creación literaria. El suceso real del enfrentamiento en Tigalate fue documentado por el franciscano Fray Juan de Abreu Galindo en su Historia de la Conquista. En su texto original, la valiente mujer auarita que luchó contra Jacomar era anónima (mencionada como la “hermana del capitán Garehagua”) y fue su propio hermano quien la vengó. Asimismo, la histórica muerte de Guillén Peraza por una pedrada en el cantón de Tihuya (hacia 1447) es un hecho real, pero el guerrero que lanzó la piedra permaneció anónimo en las crónicas. Fue el recordado poeta y cronista oficial de la Villa de Mazo, Félix Duarte Martín, quien en su obra Leyendas canarias (1981) unió magistralmente ambos acontecimientos. Duarte bautizó poéticamente a la heroína como “Arecida” (tomando el topónimo de Aresida, en Tijarafe) y creó a su enamorado “Tinamarcín” (inspirado en la montaña y la fuente de Tiramazán, en Mazo) para personificar a través de un romance el heroísmo, el amor y la resistencia de los antiguos benahoaritas.